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| La Vanguardia. LLUÍS PERMANYER - 15/10/2005 La casa del marqués de Camps, que pasó a marcar con autoridad la esquina de las calles Canuda y Duque de la Victoria, fue una de las últimas grandes mansiones que se levantaron en Barcelona; merecería ser denominada palacete. Lo proyectó el respetado arquitecto August Font en los últimos decenios del siglo XIX y lo puso en pie el acreditado constructor Julio Marial, quien presupuestó la obra en 450 mil pesetas. El edificio buscaba la severidad y empaque del neogótico que deseaba la familia. El hacendado y político Pelagi de Camps i de Mates había recibido el título pontificio en 1876; Carles de Camps i d´Olzinelles, segundo marqués, desplegó una gran actividad en la vida corporativa, que le llevó a la presidencia del Institut Català de Sant Isidre, pero sobre todo se consagró a la política regionalista, en la que mereció ser elegido diputado por Olot, Barcelona e Igualada y por último fue senador por Girona. La entrada al palacete rendía a Canuda con una cierta solemnidad, mientras que la de servicio daba al Duque de la Victoria. El zaguán comunicaba con un gran patio del que emergía una escalinata historiada, mientras que los carruajes podían llegar hasta el fondo, donde se encontraban las caballerizas. En aquel mismo nivel se abría un jardín, que era todo lo amplio que suele permitir una construcción entre medianeras en la Ciutat Vella. Las habitaciones eran artesonadas y recubiertas de maderas nobles. La capilla evidenciaba el gusto neogótico. El que el marqués militara como reconocido abanderado del propagandismo católico le llevó a denunciar en 1916 en sesión de Cortes al ministro de la Gobernación por su culpable tolerancia con el juego. La reacción inmediata fue que el gobernador civil de Barcelona cerró todos los lugares que acogían los juegos de azar. Ni que decir tiene que al punto cuantos vivían de ello, sin faltar por supuesto tahúres ni vividores, se congregaron en manifestación por la Rambla y se encaminaron hacia el palacete, con el ánimo de asaltarlo. La policía lo impidió. Su residencia de Salt fue incluso tiro-teada y el propietario se defendió con las mismas armas. Josep M. de Sagarra confiesa en sus memorias reconocerse extasiado ante Conxa d´Olzinelles, a la que pasa a evocar con esta pincelada: "Pell d´un to groguenc, extremadament pàl · lid, i el seu cabell, blanquíssim, no semblava natural; el duia pentinat amb molta història, i li quedava enlairat, solemne com una mena de tiara de cotó fluix, mullada, però d´una substància lluent". Aquella señora tan elegante y con tanta clase gustaba dejarse ver en el padimensión, seo de Gràcia, por donde se paseaba montada en un elegante landó. Durante la guerra incivil el palacete resultó dañado por un bombardeo, pero no tanto como el convento vecino, que tuvo que ser derribado y dio así pie a la plaza de la Vila de Madrid. El marqués lo restauró, pero, en vista del feo entorno, prefirió marchar y fue ocupado por el instituto nacional de enseñanza media Milá y Fontanals. Poco después, la piqueta entró en acción y en su lugar fue puesto en pie un conjunto de una banalidad que desarma. |
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